Fresco del Toro - Arte cretense

domingo, mayo 29, 2011

Memoria e historia en nuestra historia reciente


“Habitamos físicamente un espacio, pero sentimentalmente, habitamos una memoria.” 
JOSE SARAMAGO. 




“El sentido de las conmemoraciones corre el riesgo de perderse si un conocimiento culto no lo substituye con rigor y piedad. Es preciso que en lo sucesivo la Historia tome el relevo de la memoria.” ALAIN PROST

   Historia y Memoria son dos registros diferentes, dos tácticas disímiles de apropiación del pasado. Ya Halbwachs decía que “la historia comienza cuando acaba la tradición” . Si entendemos la tradición en el sentido en que Ricoeur entiende a la memoria, como esas narraciones producto de la necesidad humana de pertenecer a un grupo que lo contenga y que muchas veces se disparan como resultado de un trauma o de una crisis de identidad; sin dudas la frase de Halbwachs es de una muy pertinente actualidad. De allí, como bien sostiene Hobsbawn, que los criterios de la historia como ciencia o disciplina  entren en franca contradicción con los criterios y las lógicas que rigen a la memoria y, sobre todo, a sus políticas: sus usos. Usos tanto del olvido como de la memoria , que son contracaras de un mismo e indivisible fenómeno.
¿Cómo lograr armonía entre la función social que cumple la memoria y las exigencias y pruritos profesionales sobre los que se edifica el estudio de la historia?
Los análisis sobre relación establecida entre memoria e Historia nos sugieren que la respuesta a este interrogante no es tan simple, ya que muchas veces la historia hace blanco en la memoria desarticulando los mitos erigidos a base de fijaciones, desplazamientos y omisiones selectivas; minados además de anacronismos y falsedades. “Todos los seres humanos, todas las colectividades y todas las instituciones necesitan de un pasado, pero solo de vez en cuando este pasado es el que la investigación deja al descubierto” .
Digamos además que aunque ambos registros mantienen estrechas relaciones , la memoria hace carne en los individuos de manera directa. Es sostenida por individuos que han vivido los sucesos rememorados (o creen haberlo hecho). Su lugar móvil de anclaje es la estructura de sentimientos a la que se refiere Raymond Williams . Es emotiva y mudable sin ser consciente de sus reinscripciones sucesivamente transformadas. Puede hundirse en períodos de latencia que estallan (no siempre) en bruscos despertares, buscando el exorcismo de la angustia producida por el trauma. Siempre “lo vivido de un recuerdo depende en gran medida de la situación emocional en la que se genera” . Percibido las más de las veces como un fenómeno individual, la significación de los recuerdos solo encuentra su marco de intelección en los procesos colectivos de la comunidad imaginada a la que el individuo pertenece. Aclaremos que tomamos esta idea de comunidad imaginada de Benedict Anderson , imprimiéndole un sentido propio; ya que la aplica a La Nación para poder explicar el emergente ideológico de los nacionalismos. Sin embargo, entendemos que su definición puede ser utilizada con grupos menores, cuyas memorias en pugna se encuentran contenidas en los contextos nacionales más amplios. Dice Anderson: “Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. (…) De hecho, todas las comunidades mayores de las aldeas primordiales de contacto directo (y quizá incluso estas) son imaginadas. Las comunidades no deben distinguirse por su falsedad o legitimidad, sino por el estilo con el que son imaginadas”.
Por su lado, la historia es un intento de reconstrucción “siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de estos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstruir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo” . La historia de esta manera, hace carne en los seres de manera oblicua. Necesita de la reproducción sistemática, de la investigación y la pedagogía; y por lo tanto, de un ejercicio intelectual consciente (pero posible) para perdurar; mientras que la memoria es efímera, transitoria, pues desaparece con los individuos que la portan. Solo permanece (de manera transfigurada) cuando logra convertirse en algún tipo de relato histórico.
La imposibilidad de narrar hace imposible toda transmisión de la experiencia. No hay experiencia sin narración; y sin experiencia no existe posibilidad de re-actualizar la situación pasada para vislumbrar el sentido pleno de nuestro presente. Por ello, cuando la hondura del trauma convierte al testigo o a la sociedad en una fortaleza vacía , la táctica del terror ha instituido como vencedor a un determinado proyecto político. La plaza de su conquista es un espacio sin imágenes ni palabras, habitado por la angustia y la desolación. Por ello hay que tener sumo cuidado, pues “las meras figuras del horror, aisladas del contexto histórico, no bastan para el recuerdo: más bien espantan nuevamente” .

De esta manera, los criterios de la disciplina histórica, entran muchas veces en contradicción con las narraciones de la memoria. En el caso de la historia argentina reciente, estas narraciones son producto de la derrota armada, política o cultural, y de la crisis de identidad de amplios grupos, y tiene que ver, en muchos aspectos, más con el ansia de reivindicar actuaciones que con revisarlas.
Aquí es donde actúan los olvidos deliberados que instrumentalizan la memoria.
Si bien en la disciplina estos olvidos también son frecuentes, ya que la política, la ideología y las relaciones de fuerza la rigen; la historia se ocupa de un espacio y un tiempo mayor que el de la memoria de los actores (sujetos si prefieren) que protagonizaron los sucesos. El de la historia no debe ser el espacio “extendido” de la universalización de los propios valores. Debe ser el del espacio “extenso” que busca las fracturas y las continuidades de nuestra sociedad, y por lo tanto de todos los grupos que la componen. Los relatos de los testigos deben ser un objeto de análisis integrado a la red social que les da y les dio significación. Esto es ineludible para que no queden como mero objeto de recuerdo, o como reivindicación de un pasado glorioso a pesar de los errores que condujeron a la derrota, y que viene a ser explicada solo por el salvajismo y la crueldad (real y cierta) de los genocidas que condujeron el proceso dictatorial.
El proceso vivido fue posible porque la violencia estatal o extra-estatal argentina hunde sus raíces en una historia más profunda que le da sentido, y que no se reduce a la alineación de unos pocos fanáticos o los sueños de cambio de grupos más extensos.
Por otra parte, la compulsión a un recuerdo impuesto, con sus imprecaciones muchas veces destempladas que tienen como fin el instalar un entrenamiento memorístico obligatorio; se convierte en principio ineludible de pertenencia plena para determinados grupos autoerigidos como guardianes de la Historia/historia (con mayúscula y minúscula). Esta guardia autoproclamada que se lleva adelante propiciando un movimiento de “fijación” de las narraciones y no desde un ejercicio crítico de la historia; expropia la memoria y cobra una dimensión política narcotizante pues (contra lo pretendido) vacía la potencialidad que la memoria pueda tener como instrumento explicativo del presente. Recordar no consiste en erigir monumentos o pintar eslóganes que nos señalen con su presencia que algo ha existido. El “mausoleo externo puede transformarse en un depósito pasivo aunque constante, siempre presente a la mirada distanciada: [ya que] una vez objetiva, hecha escultura, la memoria ya no necesita de los cuerpos resistentes para que la mantenga viva, dándoles con su recuerdo un sentido a los actos y al proyecto de la propia existencia” . El deber de recordar, entonces, no debe primar por sobre el de conocer y razonar. La memoria no es en sí misma un instrumento probatorio de reconstrucción cierta; y las “ceremonias” ritualizantes de la memoria son eventos frente a los que conviene estar en guardia, pues pueden abolir la “toma de distancia” que todo ejercicio crítico necesita.
La cercanía temporal de los hechos sin dudas dificulta esa “toma de distancia”. Indagar en la historia reciente es una tarea ardua. Los actores (y el mismo investigador) están atravesados por los acontecimientos, y por ello a menudo no resulta fácil encontrar el espacio para una perspectiva crítica. Las más de las veces, los ingenieros del trauma conviven con las víctimas de su accionar, manteniendo una presencia sombría. Pero aun más activa, pujante y amenazadora suele perdurar la potestad de las instituciones que los produjeron o apuntalaron. Los sectores que tradicionalmente las dominan, con asiduidad quedan a salvo de un criterio social que no los incluye como cómplices ciertos del terror implantado. Y suelen ser grupos que atesoraron bien la experiencia de hacer sentir el peso de su poder…


Pero la proximidad temporal también tiene sus ventajas. Frescas están las versiones, y una pluralidad de interpretaciones cohabitan desafiando los relatos oficializados. Finalmente, el tiempo no ha sumado al poder su capacidad desintegradora.
El ejercicio de la historia se torna así de suma importancia en la batalla que entablan las memorias en pugna, ya que nos encontramos frente a dos tipos de pasado. “El pasado vencedor [que] sobrevive al tiempo” y que tiende a consolidar su relato como vencedor; y “El pasado vencido [que], por el contrario; desaparece de la historia” si no logra transformarse en narración. “Hay un pasado que fue y sigue siendo, y otro que fue y “es sido”, es decir, ya no es” .
Memoria e historia juegan pues roles específicos. Los grupos no ejercen el deber de recordar lo que para sus intereses es contradictorio o no tiene sentido. Además, es necesario escribir la historia situando a las memorias en un espacio de escala más amplia que el local o nacional, así como también en un “tiempo largo” transgeneracional, para entender como se gestó el proceso que parió el terror y el trauma. Hace falta volver manifiestas las zonas grises de la sociedad evocadas por Primo Levi , para mostrar la banalidad sobre la que el mal suele, entre otras cosas, disfrazarse de ejercicio burocrático, y reclamar luego, figuras exculpatorias como el “algo habrán hecho” o la "obediencia debida”.
En cualquier caso, ni la memoria ni la historia son reparadoras como sostienen muchos. Solo el juicio y castigo a los culpables lo es. “El recuerdo acerca de lo que pasó o la necesidad de silenciarlo pueden ser formas de otorgar identidad a una comunidad o grupo social así como a la nación. Ambos, recordar u olvidar colectivamente [en forma de memoria o historia] son siempre construcciones, son pedazos, retazos que se juntan o se borran, pero nunca ingenuamente” . 
 Pablo Lo Presti


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